Tuve la oportunidad de compartir con un grupo de colegas un maravilloso viaje por la zona de las Rías Baixas en Galicia y días después vivimos un gran recorrido culinario por Madrid. Para coronar este viaje decidí organizar una misión -ya en plan turista- a Moscú, Rusia. El resultado superó con creces nuestras expectativas.

Por Claudio Poblete

Claro está que nos preparamos con toda la información necesaria para aprovechar cada uno de los cinco días que duró el viaje. Nos dio una muestra muy clara de lo que será este destino durante la Copa Mundial de Futbol del próximo año. Lo que es un hecho es que sacar la visa de turista es toda una odisea, por lo que viajamos con nuestras reservas y uno que otro mito en mente. El primer mito despejado fue que Moscú era un destino caro; la verdad es que la comida en general es muy barata y la relación precio-calidad de los lugares es uno de los grandes activos de esta metrópoli.
El segundo mito es que los rusos son rudos o malos anfitriones; nos encontramos con una sociedad muy dispuesta a recibir a los turistas que por miles llegarán el próximo año. Nuestra mejor experiencia culinaria fue el menú de la “Mesa del Chef” (espacio privado para no más de 15 comensales) del restaurante White Rabbit (considerado el mejor restaurante de Rusia), actualmente dentro de la lista The World ́s 50 Best Restaurants S. Pellegrino. Al frente de la cocina, el joven, pero experimentado chef Vladimir Mukhin comanda este espectacular espacio ubicado en
una de las zonas más elegantes de la capital rusa.
A su mesa llegan los productos más emblemáticos de la cocina rusa: caviar, pan de centeno, salchichas y embutidos, betabeles, coles, salsas de rábanos, carnes de caza menor como el pato y
la perdiz, pescados blancos y una gran variedad de salsas y reducciones de granos y frutos secos. Lo que impresiona en la cocina de Mukhin es su inventiva con otros ingredientes como el helado de abeto (pino navideño), y la incorporación de ingredientes de otras partes del mundo, como los mexicanos, pues es buen amigo del chef Jorge Vallejo, quien lo ha invitado a cocinar en el restaurante Quintonil (Polanco, Ciudad de México) por lo que hoy se pueden degustar platos como los tomates verdes encurtidos a la rusa.

 

Vladimir también ofrece al comensal una carta de platillos más tradicionales, inspirados en la cocina de su abuela, quien le enseñó a preparar el mejor Borsch de todo el país y un pastel de miel (postre nacional ruso) que enmarca la hora del té y la grandiosidad de la época de los zares. Una cocina sencilla en productos, pero rica en preparaciones. Un destino por descubrir del cual les iremos platicando a lo largo de este año. Nasdrovia (Salud).