Uno de los aspectos más cautivantes, pero a su vez que menos peso tiene en la evaluación de un vino es la vista.

Por René Rentería. Los colores que presenta un vino, su brillantez y limpidez son aspectos que, bien manejados, pueden ser un elemento cautivante de venta cuando se describe. Sin embargo, tampoco es un indicador en relación con la calidad del vino.

Es frecuente que quienes dirigen una cata hablen de densidad aparente de acuerdo con el “lagrimeo” o “piernas” en copa, los cuales según muchos “especialistas” determinan la cantidad de alcohol y el cuerpo del vino.

Además de que tales afirmaciones son incorrectas, es importante precisar que a simple vista no se puede determinar la cantidad de alcohol (a menos que alguien tuviera integrado en su cerebro un cromatógrafo de gases), por ello es irrelevante juzgar este aspecto.

Me llama la atención que algunas de las personas que piensan que estos parámetros son esenciales para juzgar la calidad de un vino, levantan sus copas más arriba del nivel de su vista, con expresiones faciales que más parecen invocaciones mágicas.

Seguramente también habrán escuchado en alguna cata sobre las “capas” del vino. Desconozco si hablar de capas en el vino hace alusión a memorias de la infancia, en las que algunos catadores
se identificaban con algún superhéroe. Es prácticamente imposible determinar la calidad de un vino por sus matices cromáticos y mucho menos identificar el tipo de uva con el que está elaborado.

Asímismo, es usual confundir densidad con viscosidad. Me remito a la ciencia. Según la física, DENSIDAD es la relación entre la masa y el volumen, mientras que VISCOSIDAD es la re-
sistencia de un líquido a desplazarse.

Por ejemplo, el agua es más densa que el aceite, pero el aceite es más viscoso. Estos importantes conceptos no tienen trascendencia para analizar la calidad de un vino, pero con frecuencia adoptamos un lenguaje confuso que es impreciso e infundado y únicamente alejamos, insisto, a un mercado potencial ansioso de disfrutar esta maravillosa bebida.

Durante muchos años se ha establecido que la importancia de la vista radica en determinar la edad de un vino por sus matices cromáticos. Los vinos blancos con el tiempo ganan color, mientras que los tintos lo pierden. Finalmente, lo importante es disfrutarlo. El vino es goce, no pose.