El debate sobre la quesadilla sin queso sigue dando de qué hablar no solo en redes sociales sino también en la sobremesa.

 

Por Fabiola de la Fuente.

«A veces pienso que Dios, creando al hombre, sobreestimó un poco su habilidad».

—Oscar Wilde

Definitivamente nuestra conciencia (o la falta de ella) es lo que nos separa de forma contundente —y hasta dramática— de otras especies.

El ser humano es el único que tropieza con la misma piedra una y otra vez, y en ocasiones hasta encuentra gozo en ello. También somos los únicos que generamos catarsis y discusiones por temas triviales. Paradójicamente, hay algo genial en ello.

Hace unos días me encontraba en una cena y después de hablar del malévolo Trump, los quince años de Rubí y otros dramas de la vida real, tocó el turno al tema de moda: la quesadilla sin queso.

Por más que traté de evadir el asunto con chistes y vino, la multitud me acorraló porque al parecer mi opinión «imparcial» —juro que así dijeron— sobre el tema era importante para llegar a una conclusión que diera fin a una discusión que había escalado a campal.

Los ofendidos «provincianos» versus los inflados «capitalinos» tildaban de soberbia e ignorancia esa imposición chilanga de cambiar el orden natural de las cosas. Los citadinos se burlaban del asunto adjudicando que entonces otros platillos de orgullo local como las guajolotas deberían tener pavo y las tecolotas búho.

Aquello ya resultaba incómodo. Así, discretamente fui retirando cuchillos, botellas, floreros y otras armas blancas de la mesa; eliminé de la dieta líquida los mezcales y cambié la playlist de fiesta a una de spa.

La tertulia fue desinflamándose poco a poco, más por el agotamiento y las altas horas que por mis inútiles esfuerzos de cambiar el tema. Por fin la pelea llegó a su punto muerto, en la que los dos boxeadores terminaron en la lona. Fiu.

Finalmente respiré, tomé un trago de vino y dije: «Bueno, ahora sí vamos por unas quecas de chicharrón, sin queso obvio». La discusión volvió a recuperar calor y yo volví a sacar el mezcal y a poner la playlist de fiesta.

¿Qué puedo decir? Soy humana, pero ante todo, soy chilanga. 😀

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