La chef Mariana Orozco escribe acerca del jitomate, el vegetal que deja brillar a los demás ingredientes de un platillo sin dejar de ser el hilo conductor. 

 

La primera vez que preparé comida mexicana para extranjeros fue en Viena, Austria, cuando era estudiante de cocina. Estaba vistiando a dos amigos y ese sillón gratuito que me ofrecían era un tesoro.

Hice lo que cualquier mexicano con amigos y familia fuera del país hace: llenar mi maleta de ingredientes. Masa de maíz, tortillas, frijoles, chiles secos, salsas, mole, granos de maíz cacahuacintle y dulces eran lo principal en ese botín con recuerdos de casa.

A mi llegada comenzamos a planear la “fiesta mexicana”. El menú que podíamos preparar con nuestro presupuesto estudiantil e ingredientes austriacos fue molletes, pastel azteca, chilaquiles, tinga de pollo y fideo seco. Todos salieron encantados.

Esa fiesta fue posible gracias al jitomate. Cada plato del menú salió de sus entrañas. En cada receta una expresión distinta, donde el jitomate dejó brillar a los otros ingredientes sin dejar de ser el hilo conductor.

Es de esos grandes líderes que permiten que su equipo brille y trabaje; también escucha y deja ser. Se dice que después de la papa, el jitomate es el vegetal más importante del mundo. Fue domesticado en México y ello debería de ser orgullo nacional.

Gracias a la Conquista, este ingrediente inundó muchas de las cocinas del mundo.

En 2015, México produjo 2.8 millones de toneladas anuales posicionándose como el principal exportador mundial; procedentes mayormente de los estados de Sinaloa, Baja California, San Luis Potosí y Michoacán.

El jitomate irremediablemente me hace sentir en casa y orgullosa de mi patria.