Hoy en día hay una corriente muy fuerte en la decoración de platillos: casi todo lleva flores. Pero ojo: no todos los platillos deben llevarlas.

“Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos”.
Pablo Neruda

Soy parte de ese grupo de niños cuyas abuelas cuidaron en su infancia, pues mi madre y padre trabajaban extensas jornadas y en lugar de enviarme a una guardería, me dejaban al cuidado de mi abuela. Su casa se ubicaba frente a un parque y todas las tardes, después de hacer mi tarea, me llevaba a jugar junto con mi prima mayor, a quien también cuidaba.

Mi momento favorito en el parque era aquel en el que arrancaba algunas flores para írmelas comiendo en el camino de regreso. ¡Sí, comiéndome las flores! Mi abuela me regañaba, pues argumentaba que era antihigiénico y que seguramente podía enfermar de gravedad y caer muerta en ese instante. Pero yo era ese tipo de niña que descubría el mundo a mordidas. Aún recuerdo el sabor de los geranios de la maceta cercana a la resbaladilla y pienso en mi infancia.

Hoy en día hay una corriente muy fuerte en la decoración de platillos: casi todo lleva flores. No me sorprende, pues somos un país amante del colorido y la herbolaria, pero a veces los cocineros abusan de ese recurso y nos complican la vida a los comensales, pues no sabemos si comer esas flores o si únicamente son elementos decorativos.

No todos los platos pueden llevarlas, es labor del cocinero emplear las que enaltezcan los sabores de su preparación. Es decir, hacerlas que formen parte del platillo y no se sientan ajenas o que el comensal tenga que retirarlas con el tenedor pues lo confunden.

Aunque usted no lo crea, las flores en los platos, además de color, aportan sabor: la flor de borraja, de un hermosísimo color azul y pétalos puntiagudos, sabe a pepino; las rosas aportan el característico tono rojizo o rosáceo y el inconfundible perfume; la manzanilla nos remite al hogar y es un bocado reconfortante. También hay pensamientos, begonias, violetas y geranios, que además de dar mucho color, nos dan una textura crujiente y un amargor discreto que dan balance a los platillos. Las flores de tomillo, cilantro, cebollín y ajo nos brindan el sabor de lo que serán en el futuro, pero de una manera más delicada. Y el popular mastuerzo (que me recuerda a los lirios acuáticos), con un sabor sumamente amargo, es muy socorrido hoy en día en las cocinas internacionales .

Chefs del mundo: no abusen de las flores en sus platos, todo con moderación. Mejor regálenselas a sus comensales en un ramo o disfrútenlas en la poesía. De verdad, lo agradeceremos infinitamente.

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