El enólogo René Rentería escribe sobre su reciente viaje a Mendoza, Argentina, donde se realizó la Fiesta Nacional de la Vendimia.

 

Esta columna tanguera se escribió escuchando un auténtico himno —”Por una cabeza”— y tomando una copa de vino para inspirarme y compartirles sobre mi reciente viaje a la capital del vino argentino, Mendoza. Invitado junto con la destacada sommelier mexicana Pamela Casanova por el Ministerio de Turismo, fuimos convocados al evento más importante del año: la Fiesta Nacional de la Vendimia. La magia, el paisaje, la comida y los vinos producidos al pie de la mítica cordillera de los Andes confirmaron el encanto del vino y su querida gente, claro está.

Argentina es el quinto productor mundial de vino. Cuenta con una superficie de poco más 200 000 hectáreas de viñedos, así como con 864 bodegas productoras. El 92 % de sus vinos se producen en las provincias de Mendoza y San Juan. La uva tinta representativa es la malbec, de origen bordalés, cuyo nombre original es côt. En general, los malbec argentinos pueden acompañar todo tipo de carne roja, desde cortes magros hasta los más grasosos como un suculento rib-eye y, ¿por qué no?, unos tacos de barbacoa.

La uva blanca tradicional es la torrontés y es de las pocas autóctonas del Nuevo Mundo. En México podemos encontrar diversas etiquetas argentinas de vino elaboradas con esta uva, que pueden armonizar con muchos platillos de nuestra gastronomía, como una mojarra frita o unas enchiladas verdes.

Me resulta imposible nombrar con justicia todos los extraordinarios vinos que probé y vivencias que tuvimos en grandes bodegas mendocinas tales como Monteviejo, asesorada por el destacado enólogo Michel Rolland, o un almuerzo memorable en Salentein, cuyos vinos se venden en nuestro país. Quizás una de las experiencias que recuerdo con más cariño sea la visita a Casa El Enemigo, propiedad de unos de los más notables enólogos argentinos, Alejandro Vigil, que al platicar con nosotros compartió —más que vino— su sueño, del cual nos hizo parte.

México tiene mucho que aprender de este entrañable país, digno representante de la vitivinicultura latinoamericana. A pesar de todo el trabajo que me esperaba, no quería regresar, porque como Gardel y Le Pera decían: «Por una cabeza todas las locuras su boca que besa borra la tristeza, calma la amargura». ¡Salud!

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