El experto en vinos René Rentería escribe sobre una anécdota en la que, durante una boda donde se acabó el vino, sucedió un milagro. 

 

Jesucristo salió a la vida pública en un peculiar evento a petición de su mamá, según una de las historias oficiales de su vida. Él, su madre y sus discípulos fueron invitados a una boda celebrada en Caná de Galilea. Durante el banquete pasó lo que ninguna novia quiere que suceda en su boda: se acabó el vino. Y sin este, la fiesta —ineludible ley del cosmos— se va desvaneciendo.

Como buena y entrometida madre —que hasta pareciera mexicana—, María le cuenta a Jesús esta tragedia y él le contesta: «Aún no ha llegado mi hora», presumiendo que no tiene nada que ver en el asunto. María, madre de Dios, dotada del poder que la naturaleza les confiere y ellas mismas se atribuyen, ignoró sus anodinos comentarios e instruyó a la servidumbre para que siguieran las instrucciones de su divino hijo, quien le ordenó al maestresala que ese día bien podría ser un sommelier, llenar unas hidrias (tinajas) de agua y servirlo.

Al probar el agua transformada en vino por obra del primer milagro de Cristo, el encargado del servicio, sorprendido y maravillado, le comentó al papá de la novia que generalmente el vino bueno se sirve al principio, mientras que cuando todo mundo está hasta el cepillo, sirven el malo. Para educación de todos los presentes y futuros anfitriones, en este peculiar evento sucedió lo opuesto. Imagínense el privilegio de haber probado ese divino caldo, creado a partir de una petición materna.

La trascendencia de este pasaje bíblico en su relación con el vino inspira estos aspectos fundamentales: Jesús, con su milagro, elevó el vino a un rango superior, convirtiéndolo en acompañante imprescindible de los alimentos en la hora consagrada a compartir la mesa; es inconcebible sentarse a comer sin esta bebida, ya que comida sin vino es desayuno; dos mil años antes de hablar de maridaje y normas de protocolo, el divino maestro instituye un orden específico de servicio del vino; y por último, el vino es obra de Dios y vínculo innegable de su presencia entre nosotros.

Esta enófila columna les desea a todas las mamás que nos honran con su lectura un feliz 10 de mayo, Día de las Madres, y muy especialmente a mi santa madre. A quienes piensen regalar vino dejen que su mamá lo seleccione y consiéntanlas. La enseñanza del Evangelio es irrefutable: madre solo hay una. Salud.

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