Este año tengo el honor de cumplir siete años como miembro de la Unión Española de Catadores, y con tal motivo tuve que asistir una junta a una de mis ciudades favoritas: Madrid.

Un día escogí para almorzar uno de los restaurantes más emblemáticos de la villa de Madrid, Casa Lhardy, fundado en 1839, cuando la Reina María Cristina, madre de Isabel II, era Regente de España.

Ubicado en el número ocho de la castiza Carrera de San Jerónimo, a unos metros de la Puerta del Sol, la bellísima fachada de caoba cubana acoge en la planta baja la tienda, donde se puede encontrar el mejor azafrán, caviar de Beluga, comida preparada, vinos y suculentos postres, entre otras delicias.

Al fondo de la tienda se encuentra el famoso espejo de Lhardy del que José Martínez Ruiz, Azorín, dijo “nos esfumamos en la eternidad, entramos y salimos del más allá”.

En el primer piso se encuentra el restaurante y antes de pasar a la mesa, Milagros Novo, la propietaria, nos acompañó en un recorrido por el lugar para conocer los salones exquisitamente decorados en el siglo XIX, preferidos por Isabel II, Alfonso XII, Pérez Galdós, la reina Sofía y muchísimas otras personalidades.

Lhardy ha sido testigo de la historia de España. Este histórico sitio madrileño fue el primer establecimiento hostelero en Madrid al que se permitió la entrada a mujeres solas –qué bueno que no existía el CONAPRED-.

Antes de pasar a degustar los manjares que nos aguardaban, comenzamos con un suculento jamón de bellota, acompañado de una Manzanilla de Jerez. Como plato principal, el icónico cocido madrileño, la especialidad de la casa. Esta delicia se sirve en tres tiempos, con cubertería antigua de plata, claro está.

Primero el consomé, seguido de garbanzos, papas y verduras para concluir con las excepcionales carnes (morcilla, chorizo, jamón y ternera). Se sirven por separado y en el orden mencionado. Cada comensal se servirá a su gusto.

Algunos expertos atribuyen el origen de este plato a la “olla podrida”, que Cervantes menciona en su inmortal Quijote. A fin de cuentas, el cocido es un plato del pueblo porque se preparaba con lo que se tenían a la mano. Recuerden que cada región come lo que dispone.

Sus gratos efluvios y sabores, y todo lo que les pueda decir del cocido aquél, aún resultaría pobre para describirlo. Esta exquisitez de la cocina madrileña la acompañamos con el vino de la casa, de la centenaria bodega riojana Martínez de la Cuesta, digno acompañante de tan exquisito manjar.

Para concluir un postre a la altura del lugar, el soufflé Lhardy, espectacular y delicioso helado envuelto en merengue horneado, maridado con un vino dulce de Jerez de uva Pedro Ximénez.

Difícil describir aquél halago al cuerpo y al espíritu en unas cuantas líneas, si bien añadiré que un lugar como éste no sólo es fruto del esfuerzo y la dedicación, que eso al espíritu español le sobra, sino también al amor de Milagros Novo y la extraordinaria atención de su equipo.

Por eso, cuando llegues a Madrid . . . no dejes de visitar Casa Lhardy, un lugar que confirma porqué en México se piensa mucho en esa querida ciudad, como ya lo dijo Agustín Lara. ¡Salud!

@Rene_Renteria