En México, no se conmemora el Día de Muertos; se celebra

Por Gabriela Morales.  A pesar de su carácter lúgubre, solemos satirizar nuestra actitud hacia la muerte, como si no fuera motivo de tristeza, sino de alegría, colores y buena comida, lo cual no le roba solemnidad ni le resta importancia.

Esta celebración tiene su origen en la época prehispánica; en agosto tenía lugar una fiesta para los muertos en relación con el ciclo del maíz. En este mes, tras la cosecha, se contaban los excedentes de producción y se ofrendaban a los muertos en agradecimiento por las enseñanzas agrícolas y por si lo llegaran a necesitar en su paso al Mictlán, lugar de eterno reposo.

Al primer día de celebración lo llamaban Micailhuitontli que significa “fiesta de muertitos”, en la que se recodaba a los niños, el siguiente día era el Hueymicailhuitl “fiesta de muertos” y era en honor a los adultos fallecidos. Para ambas celebraciones se preparaban alimentos a base de maíz como tamales y atole. Lo acompañaban de frutas, flores, y productos de la milpa como calabaza y frijol. En algunas regiones del País se elaboraban moles para la ocasión.

A la llegada de los españoles y de acuerdo a las prácticas de la Iglesia Católica, se instauró el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos los días 1 y 2 de noviembre, respectivamente, erradicando la festividad indígena que les parecía sádica e irrespetuosa, ya que, cuando alguien moría se guardaban los cráneos a modo de trofeo, acción inconcebible para los españoles de acuerdo a la costumbre de honrar al cuerpo una vez que el alma salía de él.

La población indígena, oprimida por las costumbres del nuevo mundo, comenzó a festejar el término del ciclo del maíz en noviembre, camuflando su tradición dentro de las fiestas de la Iglesia católica.

La elaboración de altares de muertos tenía un marcado simbolismo para ellos, en dos niveles que representaban el cielo y la tierra, se seguían colocando platillos hechos de maíz; veladoras en cuatro puntos cardinales, que era como se concebía el universo prehispánico; en lugar de cráneos humanos, elaboraban calaveras de barro o yeso y más tarde de azúcar.

Así nació también el pan de muerto, decorado con “huesos”, haciendo alusión a La Muerte. Estos elementos prevalecen hasta nuestros días y se han sumado muchos más de acuerdo a las costumbres de cada región. La fecha se acerca y estas tradiciones y platillos ancestrales, no se deben dejar de probar sin olvidar los antecedentes que dieron origen a esta celebración única en el mundo.

LA CATRINA Y EL MAÍZ

La Catrina, al encontrar maíz en excedente, a niños y viejitos se llevaba a pasear.                                                                   

A cosechar y cultivar, enseñaron a la Muerte para atole saborear.

Le gustaba degustar todo lo que con maíz se podían preparar, es por esto que los vivos, para ella, cocinaban el tamal.

Pero un día de octubre, unos hombres llegaron a intervenir;

el mundo de los vivos y los muertos se propusieron destruir.

La celebración de agosto dejaron de permitir, no podía la Catrina a los muertos invitar a su festín.

Los curas impusieron en noviembre celebrar, la fiesta de los muertos que en el cielo debían descansar.

La Catrina resignada, para volver, tuvo que esperar, tres meses de retraso para que la pudieran ofrendar.

Aunque eso no fue todo, a escondidas regresó, la muerte en noviembre de su fiesta no desistió.

A los curas engañó, festejando a los santitos,

pero en realidad festejó a todos los muertitos.

Los barbudos consumían extraños ingredientes, que a la muerte le encantaron y comió de formas irreverentes.

Combinó el azúcar con el agua de azahar,

la naranja con la harina y sus huesos para decorar.

Desde que la muerte lo ideó, ya hasta en las panaderías lo venden,

siendo una tradición que probar todos pretenden.

Día de muertos se celebra como una obligación

que de costumbres nos recuerda una gran combinación.

Las culturas que, en su tiempo, costumbres intercambiaron,

nos dejan el día de hoy un delicioso legado.