En algunos países es común comer con las manos, un hábito que enriquece la experiencia culinaria al involucrar también al sentido del tacto.

 

Por Claudio Poblete

A lo largo de la historia el ser humano ha desarrollado incontables métodos para establecer normas que rijan las buenas costumbres a la hora de sentarse a la mesa; sin embargo, estas convenciones universales han desprovisto a algunas culturas alimentarias del natural acercamiento que debiera producirnos el contacto con los alimentos, incluso antes de ser procesados.

El tacto es un sentido fundamental en el proceso de la alimentación humana; con él determinamos la temperatura de nuestros alimentos, registramos de manera previa texturas y tamaños e incluso advertimos antojos y emociones gustativas.

Recuerdo con cariño mi primer plato de arroz basmati comido enteramente con las manos en Nueva Delhi, India. Mi compañera de viaje y yo nos volteábamos a ver para determinar si la mano izquierda estaba siendo bien utilizada como cuchara natural. Comer con las manos es un arte que no todos aceptan, pues se tiene la falsa creencia de que esto pudiera resultar antihigiénico. Pero tampoco sabemos dónde han estado los cubiertos antes de llevárnoslos a la boca. De hecho, podría ser que al lavarnos bien las manos antes de comer algo estemos llevando menos microorganismos que con un par de receptáculos de metal, madera o plástico a la boca.

Aquella vez en India el contacto de mi mano con el arroz ligeramente tibio, apelmazado y pegajoso, resultó ser una gran experiencia sensorial, pues al tomarlo en una pequeña porción que amoldé para mojarla en un maravilloso masala, el acto de llevarlo al paladar me conectó con una sensación de placer táctil nunca antes experimentada. Sin duda comer con las manos puede ser visto con una connotación erótica, pues sacia los cinco sentidos.

Sin ir muy lejos, en nuestra cultura comer con las manos es un hecho automático. El universalmente famoso taco es la muestra de nuestro acercamiento con aquel ser humano primitivo que entendía que sus manos eran motivo de supervivencia en este mundo.

Hacemos un taco con las manos, agarramos la tortilla con cuidado, posándola sobre la palma entera, y la entrecerramos para hacer una cavidad donde el guiso en su interior conserve sus jugos; cerramos el maravilloso bocado con la otra mano para disfrutarlo al instante, recién armado. Es tan maravilloso el hecho que podremos aprovechar hasta la última gotita de salsa que se escurra entre los dedos. Creo firmemente que no hay nada más maravilloso que sentir el deseo de chuparlos… está en nuestro ADN. Por eso decimos: “Estaba para chuparse los dedos”. Es un placer primitivo que, sin hacer caso a prejuicios, deberíamos practicar más a menudo.

Visita también: Diez momentos dulces en la CDMX: pasteles, postres y pan