La chef Mariana Orozco escribe sobre las tortillas de harina, su gran obsesión, así como de platillos hechos con este ingrediente.

 

Mi madre es de Durango y mi padre creció en Chihuahua. Para mí, el Norte es mi verdadera casa, aunque haya nacido en la Ciudad de México.

Todo de la comida norteña me fascina: sus guisos, el chile pasado (chilaca o poblano asado, pelado y luego secado), sus especias —tan distintas a las de otras zonas de México—, sus paisajes, sus mariscos y carnes, sus aguardientes, sus frutas y nueces, y sobre todo sus tortillas de harina.

Estoy obsesionada con las tortillas de harina, no puedo evitarlo. Desde niña prefería las quesadillas “de harina” a las de “maíz”. Cuando llegaron las tortillas de harina al supermercado creí que era uno de los mejores inventos del ser humano.

Mi postre favorito de la infancia era la tortilla de harina frita bañada con cajeta, nueces picadas y unos trocitos de sal de grano.

Los jesuitas hicieron la labor de llevar el trigo a distintas comunidades donde lo empleaban con la soltura del maíz; una de las joyas que nos dejó la Colonia.

Acabo de visitar Chihuahua y sigo soñando con sus tortillas. No creo haber probado mejores; de hecho, creo que deberían de estar en la lista de “mi última cena”.

En general llevan manteca, harina y sal, aunque existen algunos añadidos como polvo de hornear o mantequilla (Puristas, no desmayen). Chihuahua se ha ganado mi corazón con las tortillas, me faltan aún las tortillas “de agua” sonorenses (mal llamadas “sobaqueras”), pero no creo que vayan a pelear un lugar en mi corazón, pues en él hay espacio para el Norte (Sur, Este, Oeste) de este país llamado México.